
Termino de ducharme. Salgo del baño. Sobre la cama se encuentra aun mi equipaje cerrado. No será necesario desempacar: hoy duermo en Santiago y mañana temprano viajo a Ciudad de Panamá.
Está lloviendo. Me relaja observar la lluvia y escuchar el sonido que emite el golpe de las gotas al caer. Podría pasarme toda la vida contemplando a las gotas hacer lo que saben hacer.
Ha dejado de llover. Empiezo a sentir hambre. Me cuesta recordar hace cuánto no tomo alimento, pero antes de salir por comida debo terminar de revisar la propuesta elaborada por uno de mis compañeros de equipo.
Realizo las correcciones necesarias para que la propuesta quede más que perfecta. Nunca me ha gustado que rechacen alguna propuesta las autoridades de gobierno. Me basta ya con las situaciones tensas naturales de mi trabajo como para tener que lidiar aun con mas, así que incluyo como siempre los excelentes resultados obtenidos durante años por parte de nuestros proyectos implementados en el Brasil.
Voy por comida al establecimiento contiguo al hotel. Antes de ingresar aprovecho para fumarme un cigarro. Mientras fumo se me acerca un niño de la calle, un olvidado por Dios. Me pide dinero. Le digo que no, ya que sé perfectamente qué irá a comprar con ese dinero.
Ingreso al restaurante. Me aseguro de pedir del menú la comida más grasosa y una bebida grande. Además pido una hamburguesa pequeña, con papas pequeñas y una bebida pequeña dietética.
Empiezo a comer. La bebida dietética está mal regulada, lo cual hace la comida me sepa mal. Termino. Voy al baño. Hago lo mío, lo que sé hacer. Salgo, y en el parqueo ya no observo al niño de la calle. Tendré que buscarlo para darle el alimento que compre para él. Ese niño como los demás olvidados merece una mejor vida.
Voy por mi automóvil y recorro las calles de Santiago, solitarias vías que parecen estar dormidas, teniendo pesadillas. Siento el frio en mis huesos a pesar del clima caliente. Llevo más de una hora buscando al niño. Observo una estación de buses: él debe de estar ahí, es el único lugar que aun parece estar despierto.
Estaciono el automóvil y voy a buscarlo. Lo encuentro sentado en una banca. Me le acerco, le ofrezco el alimento. Me agradece. Me aseguro de que empiece a comerlo. Me retiro hacia mi carro. Lloro: nunca he dejado de llorar. Ese niño soy yo, y si Dios lo ha olvidado cómo me olvido a mí, no podrá olvidarlo cuando deje de ser un niño y pase a ser una victima del veneno con el cual he rociado el alimento. Dentro de unas horas morirá sin siquiera haberse dado cuenta, y pasara finalmente a tener una mejor vida. El Proyecto Panamá ha comenzado.
Escrito por: Fercho